lunes, agosto 10, 2015

Infancia



La servilleta aceitosa-ambar-naranja en el bolsillo del delantal del colegio, por la sopaipilla enviada para la colación.

viernes, agosto 07, 2015

La lluvia y el Regreso del Río



video
Créditos del vídeo: Hugo Miguel Fernández Flores, publicado vía Facebook el 07.08.2015

Escribo esto mientras miro por mi ventana empañada la Cordillera de los Andes, también empañada, por la tormenta de lluvia y viento que en Santiago y varias otras ciudades de Chile ha sucedido desde ayer.
Antes que este milagro -que ya ha traído consecuencias porque las ciudades nuevas son hiperbólicas y sobre-reaccionan a una lluviecita de la que los sureños se ríen- estábamos ahogándonos.  Pero no sólo de contaminación.  Sino que -y lo conversé con varias personas- parecía que la falta de lluvia nos tenía ansiosos, medio deprimidos, medio histéricos a varios.  Y ahora, cuando escucho la lluvia cayendo en el techo, entiendo por qué.  Tuvimos que pasar una sequía para festejar la lluvia de esta forma.  Así somos los seres humanos. De memoria corta.  La lluvia hace que te quedes en casa si no es necesario salir.  Que converses un café caliente o una sopa con tu círculo en un lugar calientito. Que se te despierte la bondad por aquel que está pasando frío o se le está mojando la casa.  Hace que sobresalga nuestro ingenio para tapar goteras, arreglar filtraciones, descubrir cuál es el enchufe que está haciendo corte circuito (me pasé la tarde ayer averiguando esto).  Como si fuera poco, nos saca de las rutinas: se suspenden eventos, se corta la luz y estás obligado a leer ese libro abandonado, a prender velas, a conversar, o simplemente a dormir o mirar el techo.  Eso es lo que nos tenía así: nos faltaba la detención y el recogimiento al que te obliga la lluvia.
¿Cómo es que siendo habitantes de grandes ciudades hemos olvidado por completo nuestra conexión con la naturaleza? Ya sé que la pregunta es cliché y se debe estar escribiendo mil veces por minuto este mismo instante.  Pero no por cliché es una pregunta inválida o menos cierta.
Ayer en televisión mostraban archivos audiovisuales (L) como trayendo la memoria histórica reciente de "sí, en Santiago llueve, el río antes se salía y se llevaba casas, que era peor". Y un señor que vivía en el borde del Canal San Carlos (un canal que atraviesa Santiago de sur a norte), decía algo así como "El canal se porta bien conmigo para las lluvias.  Ahora si quiere salirse, se sale no más, y ahí es mejor arrancar".  Es lejos la frase más sabia que he escuchado en semanas.  Tiene la misma lógica de la pregunta que se hacía una machi (maestra espiritual mapuche) una vez que visitó Santiago: "La gente pasa por aquí (por el puente sobre el Río Mapocho) y nadie lo saluda".  La soberbia de nosotros los seres humanos no tiene parangón en la naturaleza.  Quien sólo usa lo necesario para enseñarnos cuánto nos pasamos del límite abusando de ella.
Fue este vídeo lo que me inspiró a escribir este post.  Lo subió Hugo Fernández.  Es de Cabildo, una ciudad de la quinta región de Chile; Un acierto maravilloso donde el río es recibido -literalmente- con los brazos abiertos de pura emoción (ya pueden ver lo seco que estaba ese paisaje).  Miren la simpleza.  Pareciera que el río los acariciara a todos.  A la tierra, a los amigos que salen a recibirlo y hasta parece que saludara a la cámara diciendo "¡Ya volví!" Sabemos tan poco amigos y amigas.  Comenzar cuesta poco.  Enterarse de la geografía del lugar donde vive por ejemplo ¿Qué ríos tenemos? Cultivar una plantita en el balcón para saber su reacción ante el sol, la lluvia, el ambiente.  Mirar la montaña, el mar, el cielo. Detenerse unos minutos. Disfrutar la lluvia.  La naturaleza no es ni nuestro supermercado, ni nuestra enemiga.  Somos parte de ella.  Nos abrazamos constantemente. Tal como este amigo salió a abrazar el regreso de su amigo el río.

miércoles, julio 08, 2015

Chile: cines, caceroleos y la búsqueda de la esperanza perdida

Un amigo me reclamó porque dice que lee mi blog y hace siglos que no publico.  Y es cierto.  Desde mi último post, cuando llevaba poquito tiempo de regresada a Santiago de Chile, ciudad en la que crecí y viví hasta que me fui a buscar rumbos nuevos a Europa por unos años. 
Entonces me puse a pensar en qué podría escribir.  Podría ser para odiar públicamente las cosas que sigo odiando de esta ciudad y este país en el que me siento luchando con gigantes de acero: nos estamos ahogando porque el plan de descontaminación de la capital se fue a la basura hace años, porque no hay aborto (ni siquiera si te violan), porque si tienes el pelo corto te tildan de lesbiana, porque cuando vas a una entrevista de trabajo te preguntan si eres casada, si tienes hijos, de qué colegio saliste, antes de fijarse que te has partido el lomo estudiando y trabajando en lugares en los que has aprendido mucho.  Podría también odiar las desigualdades de Chile.  Decir que hace una semana un grupo de señoras bien vestidas fueron a golpear la olla porque encuentran que la delincuencia les perturba la paz de los barrios en los que les cuesta tan caro vivir.  Golpearon la olla y olvidaron dos cosas: que golpear la olla nació como una protesta de mujeres que no tenían que echarle a la olla hace muchos años atrás, y que, en segundo lugar, el caceroleo de las señoras de clase más acomodada de Chile es el ícono más recordado de las protestas que derrocaron al gobierno de Salvador Allende en 1973.  Por lo tanto me parece un error, o al menos una falta de creatividad abismante, volver sobre esa misma forma de acción. 

Mejor hablemos de películas.  Con esto de los caceroleos ABC1 recordé ese diálogo de la película noventera de Orlando Lübert “Taxi para Tres”, donde el personaje de Alejandro Trejo le dice a los ladrones “¿Por qué no van a robarle a los que tienen? ¿Allá para arriba?” y entonces aparece la imagen de Gómez-Rovira desde la ventana del taxi, mirando hacia arriba los rascacielos de Sanhattan, camino a robar una casa de ricos chilenos.  Les va pésimo.  Porque son inexpertos.  Pero han pasado los años y la profecía de Lübert se cumplió.  El flaite chileno ya no sólo le roba a la vecina por angurriento de pasta base.  Hay una casta de ladrones que se profesionalizó (no hablaremos de las  boletas y la evasión tributaria aquí que da para otro post), y se atrevió a cruzar el cerco eléctrico, la Plaza Italia hacia arriba –bien arriba-, y el miedo de que el rico pudiera pillarlo.  Porque ahora le da lo mismo.  No tiene nada que perder.  Nada que no haya vivido antes: cárcel, penurias, maltrato, frío, oscuridad.  Entretanto, el barrio alto se llena de más rejas, y compra más cámaras HD, contrata más guardias –que llegan en micro a barrios que apenas tienen veredas para que caminen seres humanos-.
Otra película: Crónica de un Comité, ganador de FIDOCS el año pasado.  Asumo que no me gustó mucho.  La encontré poco prolija.  Pero es una buena crónica de esto mismo que estoy hablando.  Una crítica punzante a un sistema de mierda que nos tiene en silla de ruedas y tarde o temprano nos va a matar.  De hambre, de sed, de rabia, de pena.
Esto no es nuevo.  Claro que no.  Son imágenes repetidas.  Seguro uds. también pensaron en las señoras de lentes reclamando por los “comunistas asquerosos” en una secuencia de La Batalla de Chile de Patricio Guzmán.  O en la re-creación de lo mismo en Machuca de Andrés Wood.
¿Qué vamos a hacer? ¿Ir a tomar algo al café con piernas o hacernos un arreglito físico de mala calidad, ambas imágenes que aparecen en La Buena Vida del mismo Andrés Wood? ¿Darnos un balazo como alguno de los personajes de las películas de Larraín?  Puede ser.  O no. Es cosa de suerte o circunstancias. 
Busquemos otra película menos terrible.  Maite Alberdi ha llenado salas en todo Chile emocionándonos con este grupo de veteranas de La Once, que han sobrellevado lo mejor posible y con una dignidad maravillosa su vida y su vejez.  Les tocó vivir la época en la que las mujeres mejor que opinaran poco.  O nada mejor.  Cuando las infidelidades matrimoniales era mejor dejarlas pasar a favor de una vida estable y socialmente feliz.  “¿Qué prefieres tú?” –le pregunta una amiga a la otra- “¿Ser engañada, o quedar viuda?”.  Resulta tan chistosa como pasmante la pregunta, y la extrapolo a la sociedad en que estamos viviendo ahora: ¿Qué prefieren ustedes? ¿Seguir comprando y haciendo como si nada, o asesinar toda esa primera capa que oculta la podredumbre de una sociedad de seres abusados, corrompidos, desesperanzados?
La copa América fue ganada por seres humanos a los que Chile no les dio nada queridos y queridas.  La pelota fue defendida por un pitbull que le perdió el miedo a todo cuando le pusieron una pistola en la cabeza en una cancha en Conchalí.  Por un cabro chico de Tocopilla que no tenía por dónde salir triunfador.  Por un cabro que hasta el día de hoy choca su Ferrari porque la enseñanza de los límites le llegó tarde.  Cuando más cuesta aprenderla.
Pensaba en una película para terminar.  Pero no se me ocurre.  Porque la idea es terminar con algo esperanzador, y el chileno es pesimista por naturaleza (¡Cómo te extrañamos Raúl Ruiz!).  Tal vez esas películas nos falta filmar. Películas que hablen de la esperanza.  O que al menos se rían de todo esto. Que encuentren en la misma tragedia, la solución para no ahogarse en medio de tanto smog, clasismo, sectarismo, y todos los is(t)mos de esta removida y angosta faja de envidia. Como la llamó Joaquín E. Bello hace como cien años atrás. 

lunes, marzo 17, 2014

Pelicorta

Hace unos días fui a una discotheque de balneario playero con amiga.  Amiga encontró amante, por lo que de un minuto a otro me vi sola en el lugar.  La verdad de las cosas, es que yo quería estar en mi cama, con un guatero y una película, tal como estoy ahora. Pero supuse que para amiga no era el mejor panorama estar en noche romántica, con la amiga en el cuarto del lado.  Entonces me propuse pasar un rato en la discotheque, al menos mientras pasaban un par de horas.

Ya era bastante avanzada la noche y todo el mundo estaba fundido en la euforia de la noche, el alcohol, la música fuerte, el verano y el baile.  Entonces me puse en el sector mirador, ese sector donde siempre se posan los hombres, cual animal planet para atrapar su presa que se pavonea (o no) en la pista de baile.  Entonces vi tres chicas bailar. En plan muy parecido al que bailo con mis amigas: hombres que se acercan, hombres que son rechazados, porque ellas quieren bailar solas.  Decidí en algún lugar de mi mente, que tal vez estas chicas podrían empatizar con mi soledad-presta-ropa-de-amiga.  Me acerqué a una de ellas, y le expliqué que mi amiga se había ido, si podía unirme a su baile.  Con su cara cada vez más extrañada y alejándose paulatinamente, me miró y me dijo “Hueona lesbiana, a mí no me gustan las minas, córrete”.  Quedé en shock.  Primero, porque tan inocente era mi intención, que jamás imaginé un rechazo así.  Segundo porque la gente se giró mirándome como si yo fuera una leprosa en la época de los romanos.  Y tercero, porque lo que encontré más violento de todo, es que su manera de rechazarme (y de pasada insultarme), fuera diciéndome lesbiana.  Y que eso para mí, realmente, significara un insulto.
No soy lesbiana.  Hasta el momento al menos, me declaro heterosexual. Tampoco encuentro que la orientación sexual sea relevante a la hora de: buscar un trabajo, establecer amistad, ser buena o mala persona.  Los estereotipos del cola o la pelá buscavidas y descarriados, podrían caber perfectamente en el más, supuestamente, normal y correcto de los heterosexuales.  Bueno y si lo fueran, qué.  Qué carajo me importa a mí. 
Lo que me dejó más triste y shockeada, hasta ahora, es que ese grito de esa joven asustada ante la diferencia (tal vez que yo use el pelo corto la confundió, quién sabe), para mí resultó un insulto y una humillación.  Algo que no debió pasar.
No debió pasar que yo tuviera que buscar refugio en un grupo de amigas, temiendo que un hombre me abordara, a pesar que no quería flirtear con nadie.  No debió pasar que esta mujer gritara eso en mi cara, por mi apariencia, por su temor a la diferencia, o por quién sabe qué experiencia personal que tuviera.  No debió pasar que la gente se quedara mirando como si me dijeran “negra” en los tiempos del apartheid y tampoco debió pasar que yo me sintiera ofendida y humillada, odiando a mi amiga, por haberme dejado sola, pasando ese infinito mal rato en un lugar que, se supone, era para divertirse.
Nada de eso debió pasar.

Ahora, con la cabeza más fría, sólo puedo tener compasión por esa chica que pensó que eso era un insulto. Por los que se voltearon a verme como leprosa.  Y por mí. Sobre todo por mi sentimiento de vergüenza, por considerar que gritarme “lesbiana”, sea el peor de los insultos que me pudieran gritar en esa discotheque, donde pareciera que todo el mundo (y me incluyo) está muy dispuesto a reaccionar para defenderse de algo: de su ego, de su procedencia y, por cierto, su identidad sexual.

jueves, enero 02, 2014

Galope


Un galope de caballo
Y un eco sordo

El bosque de testigo coral
Bruma que roba el oxígeno y cae

Te escucho galopando en mi bosque,
Melodía que se silencia a veces
Con el tintán metálico
de unos estribos al aire.

miércoles, septiembre 25, 2013

La Patria son los Amigos





Hacer amigos
Despedirse
O no despedirse nunca
Abrazarse todo el tiempo
Lejos, cerca
En el terreno que no es ninguna parte

Porque el país es la lengua que se habla
Dicen unos.
Pero yo sigo diciendo, que la patria,
son los amigos.

miércoles, septiembre 11, 2013

Sí señor, señora, yo no viví el Golpe de Estado de 1973



Nací en 1982. Plena crisis económica, producto de la debacle neoliberal instaurada a sangre y fuego por la dictadura militar.  Que muy militar fue, pero fue apoyada, sostenida, ideada y financiada por civiles que aún se pasean por los pasillos del Congreso de nuestro lejano país.
Soy de una generación que nació en un régimen que creía normal. Que no encontraba raro que el Presidente usara uniforme, donde la televisión era la forma de entretención para la gran mayoría, que debió quitarse a la fuerza el hábito de utilizar demasiado el espacio público.  Pero todo eso no nos parecía raro.  Porque éramos niños, y así había sido el mundo siempre. 
Pero un día crecimos.  Y nos fuimos enterando de lo que iba pasando.  Que mis tíos y primos vivían fuera de Chile hace años, no porque lo decidieran planificadamente como un mejor porvenir.  Que cuando vino el plebiscito, habían fundadas razones por las que la campaña del arcoiris hacía llorar a mis tías, y la chasquilla de Buchi figuraba por todas partes en la casa de otros tíos.
Soy de la generación que cuando se fue enterando que los bombazos a medianoche, los titulares en letras negras, la sobre-utilización de la frase “enfrentamiento con terroristas” y el miedo visceral a la policía, no era normal.  Y en tanto que nos fuimos enterando de algunas verdades, nunca, pero nunca faltó el par, la amiga de la amiga, o el tío que no es tío, que te dice “Usted no opine sobre eso, que ni siquiera había nacido”.
Bueno.  A todos aquellos que un día nos dijeron eso, hoy puedo decirles, que el golpe de Estado en Chile fue hace cuarenta años, y yo tengo 31.  Eso quiere decir que me he pasado 31 años de mi vida viviendo un Golpe.  Y que a nosotros, los de mi generación, también nos tocó la peor de las partes.  Vivir un duelo de una masacre que llevamos en el inconsciente, clavada en la memoria silenciosa de las madres que nos amamantaron con miedo, de las profesoras que nos educaron omitiendo verdades, de las mujeres que marcharon sin descanso, buscando sus parientes asesinados y sus cuerpos desaparecidos.  Como si esto fuera poco, por añadidura, nos tocó hacernos cargo de aprender lo que era una Democracia.  Aprender valores de la República, sin confundirnos con los actos cívicos de los días lunes, que llevaban la foto de Pinochet enfrente.  Nos tocó sacudirnos el miedo, la ignorancia, el hambre y la miseria que vino después que los cañones se enfriaron, el balcón fue reconstruido, y la junta se vistió de civil, para sacarse el estigma de los lentes oscuros.
Y no nos quejamos de víctimas.  Porque nuestra generación asumió la tarea con orgullo.  Respirando y contando hasta mil, para no caer en una discusión polar, ciega y bruta, que nos llevara de nuevo a lo mismo.  Por eso volvieron a llenarse las calles de gente.  Por eso los estudiantes salieron a marchar con sus padres, abuelos y profesores.  Porque a los que no nos tocó vivir el golpe, nos tocó nacer, crecer, educarnos, y sobrevivir en el país que ellos intentaron refundar.
Lo que se les olvidó a ellos, es que por más que pase el tiempo, el muerto siempre llega a la orilla.  Tarde o temprano, el niño crece y se da cuenta que toda esa infancia estuvo atravesada por el egoísmo y la falta de criterio de unos pocos.  Y eso se combate sabiendo, aprendiendo, haciéndose cargo de una historia que todos y todas necesitamos, merecemos y debemos saber.  Una historia que les contaré a mis hijos cuando sea el momento.  Porque esa historia también es suya.  Porque los procesos no son espontáneos.  Y mis hijos y sobrinos podrán estar orgullosos al decir que aunque su tía o madre nació después del 73, fue parte de la generación que debió hacerse cargo de tomar la pena de sus padres, de sus abuelos, y convertirla en esperanza, en lucha por reconstruir, lo que un día se intentó borrar de un golpe, con un Golpe.