

Para el plebiscito del 05 de octubre de 1988 tenía seis años. Me sorprendí recién al sacar las cuentas, porque tengo recuerdos muy claros de cómo fue para mí ese día. Vino mi tío de Canadá (el exilio había terminado por decreto en agosto del mismo año), y trajo otros amigos que vinieron a visitar el curioso país que pretendía salir de una dictadura de casi veinte años, por medio de un plebiscito. En mi casa se hizo una gran fiesta para festejar su llegada. Mi familia es muy numerosa (son doce hnos), para entonces estaban vivos mis abuelos, y los más de treinta primos aún no nos mandábamos solos, así que muchos asistieron a la fiesta con sus padres, mis tíos.
Recuerdo los inicios de la primavera, los primeros días en que se iba con calcetas al colegio, la expectativa de la llegada de mis tíos, la silenciosa división que existía en mi familia. Un tío (que vivía a una cuadra de mi casa) estaba ligado a la policía de investigaciones, en su puerta se veía un autoadhesivo que promovía el "Sï", ese mismo que llevaba una estrella tricolor en el punto de la "i". Ese tío era el papá de mis primos hermanos con los cuales me crié.
Por otra parte, estaba una tía, de profunda cercanía también, la cual en la ventana de su casa tenía una gran bandera que gritaba "NO!". Yo no entendía mucho... La palabra plebiscito era hasta difícil de pronunciar. Mi mamá era muy cuidadosa en sus apreciaciones, para no generar ningún tipo de sectarismos familiares. Me explicó ante mis insistentes preguntas que "el Sí, era para que el gobierno de entonces siguiera por un tiempo más y el No, para que se acabara, y viniera otro". No pude computar tal enredo. Ni siquiera sabía que había un gobierno sobre nosotros.
Respecto a la trascendente campaña televisiva, (como buena niña de los ochenta la televisión fue mi patio de recreación principal), recuerdo que me gustaba la propaganda del No. Era alegre, tenía colores... me sabía de memoria la canción. La del Sí me daba miedo. Nunca voy a olvidar una imagen musiccalizada por el coro de Carmina Burana, donde se lanzaban molotov y los pacos reprimían las acciones. Tuve unas cuantas pesadillas con esa imagen en esa época.
Luego vino lo de Büchi y Aylwin. Se repitieron las fiestas, y las divisiones. Un tío llevaba en su solapa una chasquilla y mi tía un arcoiris colorinche. Mi mamá me explicó escuetamente que Büchi era el continuador de Pinochet. Todavía no lograba computar la frase.
Han pasado 17 años del plebiscito, el día que ha generado más esperanzas en el país, al menos durante la segunda mitad del siglo XX. 17 años también fueron los que Augusto Pinochet hizo y deshizo a su antojo. Estamos casi empatados... (democracia mediante).
Será hora ya de sacar los balances de mediano y largo plazo, y dejar de pensar, en nuestro legalista país, que la transición se termina por decreto??? Han pasado 17 años de esa gran esperanza de que el sol volviera a salir. Y ha salido en cierta forma. Pero porque cada uno de nosotros ha hecho lo suyo. Si me van a decir que porque se lanza un paquete de reformas constitucionales se puede afirmar que Chile superó lo pasado (no hay que olvidar que lo mismo se dijo con el Informe Rettig y también con el reciente Informe Valech), se agradece la intención, pero no hay reforma que por sí sola genere una sanación espontánea. Es el tiempo quien cura las heridas. Nuestro trabajo es hacer que esas heridas tengan su aprendizaje respectivo.
Aquí un buen sitio sobre el plebiscito.