martes, abril 15, 2008

Vérité?


Cuando tenía nueve o diez años tuve una gata. Se llamaba Niña, tenía manchas negras sobre el pelaje blanco. Quiltra como ella sola. Dormía con mi perro, Lobo, un cachorro pastor alemán sobrealimentado por un par de hermanas que apenas se podían su saco de alimento cuando iban a comprarlo a la tienda.

Un agosto de esos años, la Niña no apareció más. Nos dijeron que en agosto los gatos se van, porque están en celo. Ni siquiera entendía muy bien lo que era eso de celo. No existía google ni wikipedia en ese tiempo para comprender las aseveraciones adultas. Con mi hermana lo aceptamos no más. Como la triste realidad.

La lloramos, la buscamos y extrañamos sus fugas furtivas a nuestra pieza en el segundo piso, cuando de madrugada se metía en nuestras camas y nos amasaba el pecho con sus garras.

Pero así era la vida, y así fue el ejercicio de aprender a despedir aquello que se quiere.

Hace un par de años atrás, a propósito de no sé qué tema, en una comida familiar, mi mamá contó sonriendo a unos tíos cómo había sido la vez que fue a dejar un gato al terminal pesquero. Claramente o se le había olvidado que nosotras, mi hermana y yo, estábamos ahí, o pensó que ahora que teníamos más de veinte, el trauma de la pérdida de la Niña, no era más que un cuento del pasado.
Y bueno, en cierta forma lo era. Pero no era del pasado que ella contara como gracia la manera de deshacerse de un sujeto de afecto entonces para nosotras. Porque nosotras, en ese tiempo, le preguntamos mil veces dónde podría haber ido. Porque nos vio buscándola. Porque nos vio tristes.
Mi madre está lejos de ser una bestia peluda y malvada. Bien lejos. Está de hecho, más cerca de la santidad con tanta cosa que ha vivido con los cuatro hijos que tiene.
Y es posible que yo actualmente pueda comprender perfectamente que la gata se meaba a veces dentro de la casa. Que alguna vez robó cosas que estaban encima de la mesa. Que se cagaba en la entrada y era imposible sacar el olor. Y etc. Ese no fue el error.
El error más grande de mi mamá no fue sacar a hurtadillas a la Niña para llevarla al terminal pesquero. El error fue olvidarse de su propio secreto, el que a pesar de los años, había logrado mermar la pena de dos pendex.
La otra vez le comenté a la Pepa la necesidad de ser fiel a uno mismo, más que con la verdad universal, en el transcurso de una relación.
Esto es lo mismo. Aunque digan que el muerto siempre llega a la orilla. Hay cosas que uno no debe saber, y hay cosas que uno no debe contar. Pero para eso, primero hay que aprender que no es de choro, ni de super-moderno-individualista. No. Porque en eso el ego siempre te va a traicionar, y estarás tirando indirectas para que el otro se de cuenta que le estás ocultando algo.

El tema es simple: mi mamá sabía que no debía contar lo de la niña. El problema es que se le olvidó que no debía contarlo nunca, guardarlo en un cajón y olvidar su hazaña de ir a dejarla al terminal pesquero. En eso de contar una aventura de nuestra niñez en una sobremesa familiar, el ego le ganó. Y el resultado, por muy verdad que fuera, no le fue auspicioso.

2 comentarios:

Emilia dijo...

Uf!!

Que gran verdad escribiste...

Pretoriano dijo...

Años de no saber la verdad causa impotencia, sea el tema que sea.