lunes, noviembre 07, 2022

 

¿Qué pasa con la muerte?

Con las camisas colgando en el armario

Con el teléfono que suena


Con los pliegues de la cama deshecha

El halo tibio

Que se desvanece

Y nadie contesta

 

¿Qué pasa con la muerte?

La luz que roza la yema 


La Itaca desconocida


El anhelo de un abrazo

La palabra que tragó una boca


El ojo que secó

En el viaje de vuelta a la semilla

viernes, octubre 16, 2020

18 de octubre



El 18 de octubre en Santiago -luego se extendería a otras regiones del país- emergió un proceso de descontento que se gestaba hace ya un tiempo en la sociedad chilena.  El detonante fue el alza de $30 en el precio del pasaje del Metro de adultos.  Sin embargo la movilización fue iniciada por estudiantes secundarios.  Aquí se hace necesario relacionar los movimientos sociales inmediatamente anteriores con lo sucedido hace un año; el “pingüinazo” de 2006, las manifestaciones estudiantiles de 2011, el mayo feminista de 2018, son eventos de emergencia de la frustración de una sociedad que no ha visto que el esfuerzo -ni personal ni colectivo- se haya traducido en el bienestar anhelado.

“No son treinta pesos, son treinta años” fue uno de los primeras frases viralizadas ya no sólo en las redes sociales, sino en rayados en los muros de la ciudad, en carteles, gráficas y gritos que se concentraron en las decenas de manifestaciones en diversas ciudades del país.  “Hasta que la dignidad se haga costumbre” fue otra de las frases tomadas por la calle.  La frase salió de una mujer entrevistada en televisión.  Los medios comenzaron a recoger con perplejidad lo que sucedía en este aparente “oasis” que sólo era tal para unos pocos privilegiados -los de siempre- y cuya respuesta fue reaccionar en el mejor de los casos con la misma perplejidad, y en el peor con lo que ya hemos visto con dolor: miedo, represión, terror, fake news, entre otras acciones nada democráticas.

El 24 de noviembre de madrugada se firmó un acuerdo entre distintos sectores políticos del país con el fin de dar algún tipo de respuesta a lo que la calle seguía gritando.  Denostado por muchos, discutido por varios, alabado por otros, se firmó un acuerdo para una Nueva Constitución.  Una que deje atrás la que dejó la dictadura de Pinochet y sus civiles cómplices. Esa que se reformó, pero que siguió definiendo la posición de individualismo en un sistema neoliberal, con instituciones estatales que se encuentran tergiversadas según el amarre dejado o la contingencia de turno.

Y aquí nos encontramos hoy -pandemia mediante- a días del plebiscito para definir qué deseamos para nuestro futuro como sociedad. Con más preguntas que respuestas, con dolor y rabia por los costos humanos de estos meses, pero aún con la esperanza que todo puede mejorar si seguimos trabajando junt@s.  Para que ahora que nos encontramos, sigamos adelante y no nos volvamos a soltar.


*foto de lajuguera.cl


jueves, diciembre 20, 2018

Catrillanca: Una imagen (no) vale más que mil palabras.


Como persona dedicada al trabajo con imágenes en movimiento, especialmente documentales, enterada de las discusiones sobre la realidad en cámara, la puesta en escena, los falsos documentales, la manipulación de conciencia, la post-verdad y un largo etcétera propio de estos tiempos, no puedo dejar de reflexionar qué pasó cuando vi las recién reveladas imágenes del operativo policial que terminó con la muerte del joven mapuche Camilo Catrillanca.

Teniendo bastante seguridad que los carabineros habían mentido cuando dijeron que había sido un “enfrentamiento” –una investigación rápida desestimó dicha mentira tempranamente-, y conociendo la cantidad de montajes que la policía chilena ha realizado en la zona las últimas décadas, me dispuse a mirar las imágenes.

Todo lo que rodeó el “operativo” dejó de tener importancia cuando vi en uno de los vídeos la imagen de Camilo Catrillanca cabeza abajo en el tractor que manejaba antes que le dispararan por la espalda en el cráneo.  Dicen que estaba vivo.  Agonizando.  Inconsciente, claramente.  Un policía le sostenía la cabeza, mientras el otro realizaba curaciones para detener la hemorragia.  Se escuchó que había que sacarlo de ahí. Pensé en cómo sacan normalmente a las personas de un accidente: lo inmovilizan, actúan rápido, saben que cada segundo es la diferencia entre la vida y la muerte.  Pero este no fue el caso.  Parecía que se tratara de neófitos que no fueron preparados para nada.  Pareció un grupo de niños asustados que reciben órdenes y las ejecutan con la rapidez de un adolescente que obedece a regañadientes a su mamá.
Al bajarlo del tractor se les cayó.  Se les cayó al suelo.  Una persona que recibió un balazo en la nuca se les cayó al suelo.  Desde que comienza el vídeo, hasta que lo suben de mala manera a un auto último modelo –pagado con los impuestos de todos nosotros- pasaron nueve minutos.  Evidentemente no les importaba que esa persona se salvara.  Lo triste es que si hubiese sido un blanco, rubio y empresario, probablemente la bala que le atravesó el cráneo ni siquiera se hubiera disparado.
Volvamos a la imagen (y al sonido sincrónico).  Vi/escuché esta imagen en mi computador, sólo minutos después que fue liberada y pensé en el valor de ella.  De lo que provocará en la sociedad enrabiada que ha salido a la calle a protestar el último mes por esta causa.  La muerte de un inocente está pasando ahí, frente a nuestros ojos.  Registrada por cámaras que fueron puestas para proteger a nuestras fuerzas de orden. No para registrar su actuar en impunidad.  En el momento en que vemos en nuestros teléfonos, televisores, computadores la imagen del inocente muerto, la teoría posmoderna de la imagen se hace humo.  Porque ahí está, gritando que es verdad, que mataron a un inocente, como han matado a decenas.  Pero la imagen no está sola.  Sabemos que nos han mentido. Sabemos que han montado falsos enfrentamientos cientos, miles de veces; sabemos incluso que la responsabilidad no es sólo de quien disparó esa bala que quedó en el cráneo de Camilo.  Que la responsabilidad es del Estado. De todos nosotros, que por no tener una imagen que lo muestre vívidamente, no creímos –a pesar de todo- que pudiera ser cierto.  Lo de Catrillanca, Lemún, Catrileo y tantos otros que nos pesan en la memoria no-visual de esta nación chilena.

Seguimos –para bien o para mal- asombrándonos del actuar humano y del medio que lo registró para reproducirlo una y otra vez.  Hasta que creamos que es cierto.  Y hasta que de tanto mirarlo, dejemos de estremecernos como la primera vez.

sábado, noviembre 04, 2017

Buika en Santiago de Chile

Conocí a Buika hace unos diez años gracias a la canción “Jodida pero contenta”   (Buika Collection, 2009) que posteó una amiga, entonces estudiante de Flamenco, en alguna red social.  Creo que escuché esa canción unas mil veces.  Por esos mismos años, cuando vivía en París, realizó un concierto en la capital.  Lamentablemente, sin saber de esto, había comprado ya una entrada para ver a Jack Johnson, lo que ya era demasiado para un presupuesto estudiantil como el mío.  Mi amiga mexicana que asistió a ese concierto, volvió extasiada, diciendo que había sido una experiencia inolvidable.  Desde entonces y, en realidad, desde que la escuché por primera vez, que quería verla en vivo.
Todo este largo preámbulo es para decir que el concierto que realizó anoche esta artista valió completamente la pena la espera.  Con un remodelado y completo Teatro Oriente, Buika se presentó con su banda de cuatro músicos (trombón/piano, guitarra, bajo y cajón), llenando el escenario con su voz, su desplante, el talento de la banda, sus historias y el humor que la caracteriza.  Las dos horas de concierto, al calor de las palmas, los coreos y las improvisaciones, se convirtieron en una experiencia magnífica y en la negación del público a dejar que se fuera, (esto a pesar de las manifiestas ganas su maestro de cajón por retirarse). 

El paso de Buika por Santiago reafirma lo que ella misma, entre risa y canto, expresó con claridad: no importa tu origen geográfico, ni el idioma que hables, ni la religión que te albergue. Los sentimientos humanos son compartidos a lo largo y ancho del planeta, y en eso la música, es una clave universal.  Tanto mejor aún si se realiza con esta honestidad, calidad y talento.  

lunes, julio 17, 2017

Pajaritos a volar o educación extraescolar

¿Es necesario que cualquiera te diga que lo escribes lo han escrito miles? ¿Para qué cortar las alas de un pajarito que no ha bebido el aire de una cumbre o el vértigo de una rotura de alas?
¿Para qué?

jueves, agosto 11, 2016

Tere


Tengo una amiga que se llama Tere. Vive al otro lado de la cordillera, pero nos conocimos al otro lado del Atlántico. Tomamos mates. Salimos de juerga. Caminamos por ahí bebiendo, comiendo, contándonos la vida. Tere me ofreció pizza cuando mi refri estaba vacío y llovía en París. Obvio. Siempre en esos momentos llueve en París.  Nos hicimos familia. Organizamos muchas raclettes y cuando queríamos putear, lo hacíamos en castellano. Porque no nos salía en Francés. Y la Tere cuando se enoja es brava eh. Nada de cosas a medias. Ahora, de vuelta en nuestros países, puteamos en francés. Cada una al otro lado del teclado. Ese es nuestro secreto. Nuestra complicidad eterna. Porque muchos puedan entender ambas lenguas, pero el idioma entre las dos, lo hicimos a nieve, mate, queso, vino y fuego.

Je t'embrasse nena <3 span="">

viernes, junio 24, 2016

Imágenes

En la ciudad

Una mujer adulta se limpia las lágrimas, sentada en la banca de una avenida ruidosa de la ciudad. Una niña sentada a su lado, le cuelgan los pies sin llegar al suelo, la mira.

Un hombre sentado en la escala de entrada al metro abre un maletín gastado, se peina, acomoda su carpeta de currículums, se levanta, se sacude el polvo y se dirige al edificio de enfrente.

domingo, septiembre 06, 2015

Milena

Milena –coincidimos todos quienes la conocimos- era muy especial. Abrazaba cactus, esos que nadie quiere tocar por miedo; irradiaba una luz que no es muy común encontrar. Fumó sin parar muchos años. Debe ser que debía equilibrar la sensibilidad extrema de una persona como ella, con la cantidad de durezas con las que hay que lidiar día a día en este mundo.  Milena se movía por amor. Por amor a la vida, a sus compañeros, a la música, a la realización de proyectos conjuntos. Y no había que conocerla mucho para saberlo.  No fui amiga íntima de Milena. La vida nos cruzó unas veces. Es por eso que no puedo siquiera imaginar el vacío que deja en sus más cercanos. Porque hoy cuando me enteré de su partida definitiva, me saltaron sin control las lágrimas. Y me pregunté por qué. Y revisé los correos que intercambiamos alguna vez para hacer unos vídeos que finalmente nunca llegamos a hacer. En su último correo me decía “No era el momento, ya haremos cosas hermosas, disfruta mucho París”.
Lo que sembró Milena germinó. En el alma de quienes se cruzaron con ella: amigos, cercanos, las decenas de músicos –entre ellos mi hermano- que recibieron su apoyo para seguir en el camino pedregoso que es dedicarse al arte.
Le pregunté a mi hermano por sus restos, siento una profunda necesidad de despedirme de ella, de decirle que la acompaño en este tránsito donde al fin descansará en paz después de una larga enfermedad. Pero mi hermano no sabe. Entonces le digo que prenderé una vela y pondré flores en su nombre.  Ella las recibirá donde esté. Porque así fue Milena, una luz que hoy sigue siendo parte del aire.
Ya nos encontraremos un día querida Milena. Para hacer cosas hermosas como tú me dijiste. Como todas las que tú hiciste en este paso por la tierra, haciendo de ella un mejor lugar para los que te rodearon ¡Bon voyage!

lunes, agosto 10, 2015

Infancia



La servilleta aceitosa-ambar-naranja en el bolsillo del delantal del colegio, por la sopaipilla enviada para la colación.

viernes, agosto 07, 2015

La lluvia y el Regreso del Río



Créditos del vídeo: Hugo Miguel Fernández Flores, publicado vía Facebook el 07.08.2015

Escribo esto mientras miro por mi ventana empañada la Cordillera de los Andes, también empañada, por la tormenta de lluvia y viento que en Santiago y varias otras ciudades de Chile ha sucedido desde ayer.
Antes que este milagro -que ya ha traído consecuencias porque las ciudades nuevas son hiperbólicas y sobre-reaccionan a una lluviecita de la que los sureños se ríen- estábamos ahogándonos.  Pero no sólo de contaminación.  Sino que -y lo conversé con varias personas- parecía que la falta de lluvia nos tenía ansiosos, medio deprimidos, medio histéricos a varios.  Y ahora, cuando escucho la lluvia cayendo en el techo, entiendo por qué.  Tuvimos que pasar una sequía para festejar la lluvia de esta forma.  Así somos los seres humanos. De memoria corta.  La lluvia hace que te quedes en casa si no es necesario salir.  Que converses un café caliente o una sopa con tu círculo en un lugar calientito. Que se te despierte la bondad por aquel que está pasando frío o se le está mojando la casa.  Hace que sobresalga nuestro ingenio para tapar goteras, arreglar filtraciones, descubrir cuál es el enchufe que está haciendo corte circuito (me pasé la tarde ayer averiguando esto).  Como si fuera poco, nos saca de las rutinas: se suspenden eventos, se corta la luz y estás obligado a leer ese libro abandonado, a prender velas, a conversar, o simplemente a dormir o mirar el techo.  Eso es lo que nos tenía así: nos faltaba la detención y el recogimiento al que te obliga la lluvia.
¿Cómo es que siendo habitantes de grandes ciudades hemos olvidado por completo nuestra conexión con la naturaleza? Ya sé que la pregunta es cliché y se debe estar escribiendo mil veces por minuto este mismo instante.  Pero no por cliché es una pregunta inválida o menos cierta.
Ayer en televisión mostraban archivos audiovisuales (L) como trayendo la memoria histórica reciente de "sí, en Santiago llueve, el río antes se salía y se llevaba casas, que era peor". Y un señor que vivía en el borde del Canal San Carlos (un canal que atraviesa Santiago de sur a norte), decía algo así como "El canal se porta bien conmigo para las lluvias.  Ahora si quiere salirse, se sale no más, y ahí es mejor arrancar".  Es lejos la frase más sabia que he escuchado en semanas.  Tiene la misma lógica de la pregunta que se hacía una machi (maestra espiritual mapuche) una vez que visitó Santiago: "La gente pasa por aquí (por el puente sobre el Río Mapocho) y nadie lo saluda".  La soberbia de nosotros los seres humanos no tiene parangón en la naturaleza.  Quien sólo usa lo necesario para enseñarnos cuánto nos pasamos del límite abusando de ella.
Fue este vídeo lo que me inspiró a escribir este post.  Lo subió Hugo Fernández.  Es de Cabildo, una ciudad de la quinta región de Chile; Un acierto maravilloso donde el río es recibido -literalmente- con los brazos abiertos de pura emoción (ya pueden ver lo seco que estaba ese paisaje).  Miren la simpleza.  Pareciera que el río los acariciara a todos.  A la tierra, a los amigos que salen a recibirlo y hasta parece que saludara a la cámara diciendo "¡Ya volví!" Sabemos tan poco amigos y amigas.  Comenzar cuesta poco.  Enterarse de la geografía del lugar donde vive por ejemplo ¿Qué ríos tenemos? Cultivar una plantita en el balcón para saber su reacción ante el sol, la lluvia, el ambiente.  Mirar la montaña, el mar, el cielo. Detenerse unos minutos. Disfrutar la lluvia.  La naturaleza no es ni nuestro supermercado, ni nuestra enemiga.  Somos parte de ella.  Nos abrazamos constantemente. Tal como este amigo salió a abrazar el regreso de su amigo el río.

miércoles, julio 08, 2015

Chile: cines, caceroleos y la búsqueda de la esperanza perdida

Un amigo me reclamó porque dice que lee mi blog y hace siglos que no publico.  Y es cierto.  Desde mi último post, cuando llevaba poquito tiempo de regresada a Santiago de Chile, ciudad en la que crecí y viví hasta que me fui a buscar rumbos nuevos a Europa por unos años. 
Entonces me puse a pensar en qué podría escribir.  Podría ser para odiar públicamente las cosas que sigo odiando de esta ciudad y este país en el que me siento luchando con gigantes de acero: nos estamos ahogando porque el plan de descontaminación de la capital se fue a la basura hace años, porque no hay aborto (ni siquiera si te violan), porque si tienes el pelo corto te tildan de lesbiana, porque cuando vas a una entrevista de trabajo te preguntan si eres casada, si tienes hijos, de qué colegio saliste, antes de fijarse que te has partido el lomo estudiando y trabajando en lugares en los que has aprendido mucho.  Podría también odiar las desigualdades de Chile.  Decir que hace una semana un grupo de señoras bien vestidas fueron a golpear la olla porque encuentran que la delincuencia les perturba la paz de los barrios en los que les cuesta tan caro vivir.  Golpearon la olla y olvidaron dos cosas: que golpear la olla nació como una protesta de mujeres que no tenían que echarle a la olla hace muchos años atrás, y que, en segundo lugar, el caceroleo de las señoras de clase más acomodada de Chile es el ícono más recordado de las protestas que derrocaron al gobierno de Salvador Allende en 1973.  Por lo tanto me parece un error, o al menos una falta de creatividad abismante, volver sobre esa misma forma de acción. 

Mejor hablemos de películas.  Con esto de los caceroleos ABC1 recordé ese diálogo de la película noventera de Orlando Lübert “Taxi para Tres”, donde el personaje de Alejandro Trejo le dice a los ladrones “¿Por qué no van a robarle a los que tienen? ¿Allá para arriba?” y entonces aparece la imagen de Gómez-Rovira desde la ventana del taxi, mirando hacia arriba los rascacielos de Sanhattan, camino a robar una casa de ricos chilenos.  Les va pésimo.  Porque son inexpertos.  Pero han pasado los años y la profecía de Lübert se cumplió.  El flaite chileno ya no sólo le roba a la vecina por angurriento de pasta base.  Hay una casta de ladrones que se profesionalizó (no hablaremos de las  boletas y la evasión tributaria aquí que da para otro post), y se atrevió a cruzar el cerco eléctrico, la Plaza Italia hacia arriba –bien arriba-, y el miedo de que el rico pudiera pillarlo.  Porque ahora le da lo mismo.  No tiene nada que perder.  Nada que no haya vivido antes: cárcel, penurias, maltrato, frío, oscuridad.  Entretanto, el barrio alto se llena de más rejas, y compra más cámaras HD, contrata más guardias –que llegan en micro a barrios que apenas tienen veredas para que caminen seres humanos-.
Otra película: Crónica de un Comité, ganador de FIDOCS el año pasado.  Asumo que no me gustó mucho.  La encontré poco prolija.  Pero es una buena crónica de esto mismo que estoy hablando.  Una crítica punzante a un sistema de mierda que nos tiene en silla de ruedas y tarde o temprano nos va a matar.  De hambre, de sed, de rabia, de pena.
Esto no es nuevo.  Claro que no.  Son imágenes repetidas.  Seguro uds. también pensaron en las señoras de lentes reclamando por los “comunistas asquerosos” en una secuencia de La Batalla de Chile de Patricio Guzmán.  O en la re-creación de lo mismo en Machuca de Andrés Wood.
¿Qué vamos a hacer? ¿Ir a tomar algo al café con piernas o hacernos un arreglito físico de mala calidad, ambas imágenes que aparecen en La Buena Vida del mismo Andrés Wood? ¿Darnos un balazo como alguno de los personajes de las películas de Larraín?  Puede ser.  O no. Es cosa de suerte o circunstancias. 
Busquemos otra película menos terrible.  Maite Alberdi ha llenado salas en todo Chile emocionándonos con este grupo de veteranas de La Once, que han sobrellevado lo mejor posible y con una dignidad maravillosa su vida y su vejez.  Les tocó vivir la época en la que las mujeres mejor que opinaran poco.  O nada mejor.  Cuando las infidelidades matrimoniales era mejor dejarlas pasar a favor de una vida estable y socialmente feliz.  “¿Qué prefieres tú?” –le pregunta una amiga a la otra- “¿Ser engañada, o quedar viuda?”.  Resulta tan chistosa como pasmante la pregunta, y la extrapolo a la sociedad en que estamos viviendo ahora: ¿Qué prefieren ustedes? ¿Seguir comprando y haciendo como si nada, o asesinar toda esa primera capa que oculta la podredumbre de una sociedad de seres abusados, corrompidos, desesperanzados?
La copa América fue ganada por seres humanos a los que Chile no les dio nada queridos y queridas.  La pelota fue defendida por un pitbull que le perdió el miedo a todo cuando le pusieron una pistola en la cabeza en una cancha en Conchalí.  Por un cabro chico de Tocopilla que no tenía por dónde salir triunfador.  Por un cabro que hasta el día de hoy choca su Ferrari porque la enseñanza de los límites le llegó tarde.  Cuando más cuesta aprenderla.
Pensaba en una película para terminar.  Pero no se me ocurre.  Porque la idea es terminar con algo esperanzador, y el chileno es pesimista por naturaleza (¡Cómo te extrañamos Raúl Ruiz!).  Tal vez esas películas nos falta filmar. Películas que hablen de la esperanza.  O que al menos se rían de todo esto. Que encuentren en la misma tragedia, la solución para no ahogarse en medio de tanto smog, clasismo, sectarismo, y todos los is(t)mos de esta removida y angosta faja de envidia. Como la llamó Joaquín E. Bello hace como cien años atrás. 

lunes, marzo 17, 2014

Pelicorta

Hace unos días fui a una discotheque de balneario playero con amiga.  Amiga encontró amante, por lo que de un minuto a otro me vi sola en el lugar.  La verdad de las cosas, es que yo quería estar en mi cama, con un guatero y una película, tal como estoy ahora. Pero supuse que para amiga no era el mejor panorama estar en noche romántica, con la amiga en el cuarto del lado.  Entonces me propuse pasar un rato en la discotheque, al menos mientras pasaban un par de horas.

Ya era bastante avanzada la noche y todo el mundo estaba fundido en la euforia de la noche, el alcohol, la música fuerte, el verano y el baile.  Entonces me puse en el sector mirador, ese sector donde siempre se posan los hombres, cual animal planet para atrapar su presa que se pavonea (o no) en la pista de baile.  Entonces vi tres chicas bailar. En plan muy parecido al que bailo con mis amigas: hombres que se acercan, hombres que son rechazados, porque ellas quieren bailar solas.  Decidí en algún lugar de mi mente, que tal vez estas chicas podrían empatizar con mi soledad-presta-ropa-de-amiga.  Me acerqué a una de ellas, y le expliqué que mi amiga se había ido, si podía unirme a su baile.  Con su cara cada vez más extrañada y alejándose paulatinamente, me miró y me dijo “Hueona lesbiana, a mí no me gustan las minas, córrete”.  Quedé en shock.  Primero, porque tan inocente era mi intención, que jamás imaginé un rechazo así.  Segundo porque la gente se giró mirándome como si yo fuera una leprosa en la época de los romanos.  Y tercero, porque lo que encontré más violento de todo, es que su manera de rechazarme (y de pasada insultarme), fuera diciéndome lesbiana.  Y que eso para mí, realmente, significara un insulto.
No soy lesbiana.  Hasta el momento al menos, me declaro heterosexual. Tampoco encuentro que la orientación sexual sea relevante a la hora de: buscar un trabajo, establecer amistad, ser buena o mala persona.  Los estereotipos del cola o la pelá buscavidas y descarriados, podrían caber perfectamente en el más, supuestamente, normal y correcto de los heterosexuales.  Bueno y si lo fueran, qué.  Qué carajo me importa a mí. 
Lo que me dejó más triste y shockeada, hasta ahora, es que ese grito de esa joven asustada ante la diferencia (tal vez que yo use el pelo corto la confundió, quién sabe), para mí resultó un insulto y una humillación.  Algo que no debió pasar.
No debió pasar que yo tuviera que buscar refugio en un grupo de amigas, temiendo que un hombre me abordara, a pesar que no quería flirtear con nadie.  No debió pasar que esta mujer gritara eso en mi cara, por mi apariencia, por su temor a la diferencia, o por quién sabe qué experiencia personal que tuviera.  No debió pasar que la gente se quedara mirando como si me dijeran “negra” en los tiempos del apartheid y tampoco debió pasar que yo me sintiera ofendida y humillada, odiando a mi amiga, por haberme dejado sola, pasando ese infinito mal rato en un lugar que, se supone, era para divertirse.
Nada de eso debió pasar.

Ahora, con la cabeza más fría, sólo puedo tener compasión por esa chica que pensó que eso era un insulto. Por los que se voltearon a verme como leprosa.  Y por mí. Sobre todo por mi sentimiento de vergüenza, por considerar que gritarme “lesbiana”, sea el peor de los insultos que me pudieran gritar en esa discotheque, donde pareciera que todo el mundo (y me incluyo) está muy dispuesto a reaccionar para defenderse de algo: de su ego, de su procedencia y, por cierto, su identidad sexual.

jueves, enero 02, 2014

Galope


Un galope de caballo
Y un eco sordo

El bosque de testigo coral
Bruma que roba el oxígeno y cae

Te escucho galopando en mi bosque,
Melodía que se silencia a veces
Con el tintán metálico
de unos estribos al aire.

miércoles, septiembre 25, 2013

La Patria son los Amigos





Hacer amigos
Despedirse
O no despedirse nunca
Abrazarse todo el tiempo
Lejos, cerca
En el terreno que no es ninguna parte

Porque el país es la lengua que se habla
Dicen unos.
Pero yo sigo diciendo, que la patria,
son los amigos.